Reflexiones de un músico callejero

Recuerdo cuando era adolescente, y buscaba una identidad y una pertenencia. Vas en busca de quién eres y siendo quien eres, ser feliz y vivir tu propia vida… por eso te preguntas una y cien veces ¿De dónde vengo?

Todas las respuestas eran confusas y más complejas de lo que yo deseaba. Todos tratan de decirte que seas de un lugar, que te identifiques con la causa común, con un idioma o con un equipo de fútbol. Después te incitan a que te identifiques con una religión, una raza y un partido político, y, muchas veces te engañas, y vas con la corriente hasta que te das cuenta que nada te hace sentir pertenencia a aquello, que de por sí, nunca fue tuyo.

¿De dónde provengo? Pregunté una y cien veces, y no hubo ninguna respuesta definitiva.

Nada de lo real me identificaba, ni ser siria ni judía, ni ser estadounidense o chilena. Me sentía muy rara. No celebraba ninguno de los días nacionales, era atea, ni cantaba ninguno de los dos himnos. Era un ciudadano apátrida.

Cuando lo único que te identifica cuando tienes 17 años es tu música, y tu familia no te apoya, porque esperaba de ti algo más, por ejemplo, que fueras arquitecto o médico, entonces ahí comenzó una batalla dentro de mí, debido a que sentía que mi música era lo único que yo realmente era: La única opción de ser, en presente pasado y futuro.

Mi familia entonces me decía que ser músico era muy difícil, que me moriría de hambre, que nunca tendría el mismo estilo de vida de clase burguesa al cual estaba yo acostumbrada.

Ninguna de esas respuestas me satisfizo, fue ahí cuando decidí tomar mi acordeón y salir a la calle.

Salí, a buscar mi destino, a conectarme con un mundo que está lejos de ser hermoso para mucha gente. Muy lejos de mi realidad lleno de comodidades que figuraba como una pequeña burbuja rosa.

En un principio era una rebeldía en contra de mi propia familia, en contra de todo. Yo tocaba en la calle, pero aún vestía burguesa, aún hablaba burguesa, caminaba burguesa y reía burguesa.

Sin embargo tocando en el metro me olvidaba de todo, desplegaba ese fuelle y solo tocaba música melancólica, me atrapaba en mí misma, sin mirar nada, solo sentía las vibraciones del acordeón en contra de mi pecho.

Es cierto, me volví músico por depresión, y tocar en el metro era lo único que realmente aliviaba mi alma.

Los años pasaron y para horror de mi familia esta rebeldía de tocar en la calle no se quitaba. Cada vez mis vestimentas eran más hippies, andaba más despeinada, caminaba y reía más circense.

Renuncié a la carrera de arquitectura, y mi padre no me habló en una semana.
Decidí estudiar ingeniería en audio por muchas razones y me cambié de carrera, y a pesar que es una rama musical de la ingeniería, mi padre no estaba satisfecho del todo por ser una carrera poco convencional.

Ni hablar de esas peleas entre él y yo por estudiar en un conservatorio, o estudiar composición eso era un NO sin derecho a contradecir.

Salí de la universidad como ingeniero, vendí todo y me fui del país.

Viviendo en México maduré mucho como ser humano, y aún seguía sintiendo que ser músico, era lo único real que yo era, lo único que había escogido para hacer mi propia identidad.

Viví pobreza de todo tipo, me quede sin casa, sin visa, y sin trabajo y fue justo ahí cuando mi corazón volvió a la calle y entendí algo más allá de mi propia existencia.
Volví a la calle ya no como burguesa, sino como un músico callejero real, uno más en la superficie del planeta Tierra.

Empecé a vivir de la calle, y eso cambió cosas en mí para siempre. La calle comenzó a proveer para comer, para pagar la renta, para vestirme, e incluso para pagar las deudas y cuotas en el departamento de migraciones.

Comienzas a vivir tu vida fuera del sistema: no tienes trabajo estable, ni horario ni jefe, no pagas impuestos, no tienes contrato, ni que dar explicaciones a nadie. No tienes reglas excepto las tuyas y cuando eso se vuelve realidad, cuando eso se vuelve tu día a día, entonces tu mente se da cuenta que solo tus reglas son las que has de seguir en tu vida.

La ley deja de ser algo que realmente te preocupe, porque en la calle, la ley no es la misma que en los juzgados.

Lo mismo sucede con el concepto del bien y el mal, eso del cielo y el infierno lo empiezas a ver como una fábula infantil, totalmente alejada de la realidad.

Al lado tuyo se ponen vendedores ambulantes de todas las nacionalidades y colores de piel, legales e ilegales, vendiendo cosas nuevas y robadas, con patente de comercio y sin patente. Ninguno de ellos paga impuestos al igual que tú, los tratas por igual, todos ellos llegan a ti, cambiándote un billete por monedas y tú se los cambias a todos por igual.

Ves al tipo que roba y dices “eso está mal”, luego miras el trasfondo, lo conoces a él, y te parece casi un ser humano, pobre, analfabeto, inteligente como un lobo, con su camisa perfectamente planchada.

Conoces a su hijo enfermo postrado en una camilla y sin seguro social, lo ves así, sin ninguna posibilidad de conseguir un trabajo por su apariencia y por sus antecedentes, con la madre del niño que no puede trabajar porque debe de cuidarlo.

Ahí te cambia el switch y es de manera irreversible, entonces, eres tú la que le lleva de regalo 10 tamales para comer y la medicina que le faltaba y te das cuentas que todo en la vida tiene un lado bueno y un lado malo.

Te miras a ti misma, y WOW!!, te das cuenta que en ti hay un lado oscuro también, y no te importa, dejas de esconderte, sales a la luz con tu lado brillante y con tu sombra siguiéndote detrás. Dejas de sentirte culpable y te desligas de todo aquello que te hace sufrir.

Es por eso que cuando tuve problemas, no dudé en pagar por una falsificación del timbre de las visas en mi pasaporte, y cuando necesité una cámara de video, no dudé en solicitar un crédito para comprarla, que sabía, nunca iba a pagar.

Tu mente se vuelve criminal, no dejas escapar un solo detalle y estás consciente que es por supervivencia. Controlas tu mente, tus impulsos, tus instintos, tu pestañeo, tu respirar.

Daba lo mismo que me vistiera de niña de clase alta, la mirada, la forma de hablar, el paso al caminar, todo irradia anarquismo. No necesitas del sistema, porque tu vida se solventa en una palabra: la calle.

Es cuando pasas algunos años fuera del sistema, abstraída, y te das cuenta que comes bien, que no necesitas ropa nueva, porque la tuya está limpia y planchada, que eres feliz con lo poco que tienes y que no aspiras a tener más, sino lo básico, que realmente abres los ojos y miras a las personas corrientes como pobres criaturas. Ellos a su vez te miran como un pordiosero y te tiran una moneda. Tú solo te ríes.

Miras a través de sus ojos y te das cuenta que tienen miedo, miedo a ser pobres, a hacer el ridículo, miedo a ser amados y a no serlo, miedo a todo, miedo a ellos mismos.

Los ves y te das cuenta sus frustraciones y cómo las cargan. Los mismos ladrones escogen a sus víctimas por cómo caminan. Saben que va distraído, saben que tiene miedo a su sombra, saben que no se resistirá si le arranca su bolsa.

El vendedor ambulante sabe por el caminar de la señora que ella le comprará, saben que se siente triste, que está frustrada, ellos van y le venden una sonrisa, y,si les dices las palabras correctas, ella te comprara no importa que le estés vendiendo un cachivache que nunca usará en su vida.

No le temes a la muerte y lo ves como parte de tu vida, de hecho siempre tienes las maletas hechas y figura ante ti como una aventura más.

También empecé a encontrarme con gente muy similar a mí en el camino. Gente semi-legal, con semi-legales negocios, independientes, y fuera del sistema, porque simplemente es imposible, vivir fuera del sistema y no ser ilegal.

¿De dónde eres? Te preguntan.
– De ningún lado respondes.
¿Cómo de ningún lado? Repiten.
– De ningún lado.
Te ves educada dicen, e intentan adivinar el país de procedencia, siempre errados ya que tu acento cambió para formar una sonoridad irreconocible.
– ¿Para dónde vas?
Tú te ríes, y le contestas con su misma pregunta ¿Para dónde vas tú?

Y muchas veces las respuestas eran parecidas. Así empece a grabar mi primer disco, y el segundo.

En muchos casos los músicos callejeros no salen de la calle, porque no lo necesitan. La calle te provee de todo, se convirtió en tu estilo de vida.

Cuando un músico callejero toca solo en una esquina, y llegan otros dos, lo que sucede después, es lo opuesto a los que la sociedad esperaría.

Una sociedad preocupada en cuál es tu lugar en la sociedad, llena de odio y vanidad por lo que les rodea, esperaría que el músico que llegó primero a la esquina echara a los otros dos. Pero eso no es lo que pasa cuando tocas en la calle.

Lo que pasa realmente es que se los músicos nos acoplamos, y si hay dos instrumentos similares, uno toca la base rítmica, y el otro la melodía. Cuando se reparte el dinero van siempre en partes iguales.

Aunque llegue una disquera famosa y te ofrezca un contrato, fama y reconocimiento efímero, dentro de tu mente te dices ¿Y para qué necesito yo esto? ¿Me está ofreciendo dinero y fama a cambio de obedecer sus reglas y obedecer un jefe? ESTA LOCO…!!! Y tú te ríes, y cada vez que te acuerdas te ríes más fuerte.

O muchas veces dices: OK, intentemos .Y te das cuenta del tipo de gente que trabaja para el medio y rápidamente te sales, porque esa gente está enferma, de dinero, de tristeza, de frustración, de poder, de vanidad, de miedo a la muerte, miedo por desaparecer, miedo al infierno, miedo a los otros y sobre todo, ellos aún buscan una identidad y un lugar, lo que en tu caso ya tienes resuelto.

En otros casos, simplemente decides salir de la calle, no porque no hayas encontrado lo que buscabas, una vida, una identidad, paz, hacer lo que se te dé la gana, en mi caso decidí volver con mi familia.

Entendí que ellos no eran como yo, y los amé así tal cual. Entendí que ellos me necesitaban más que yo a ellos. Entendí que yo no nací en la calle tampoco y que siempre habría algo de ahí que nunca pertenecería.

Decidí volver como músico profesional y decidí insertarme, pero siempre libre. Siempre con mis propias reglas y creo que lo aprendí bien: nadie más que tú te hace dueño de tu vida.

Mi estilo musical se simboliza por una palabra: autosuficiencia. Una vez que encuentras la manera de ser libre, vivir como esclavo aunque sea de las cosas más pequeñas nunca será una opción.

Soy artista de dos sombreros, soy madre y esposa, son las únicas cosas que realmente elegí ser. Esa finalmente es mi verdadera identidad y el nombre que la vida me dio en este camino es corto y sencillo: HHATS.

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